El Seibo acumula episodios protagonizados por personas con
trastornos mentales que deambulan por las calles. Un día rompen un cristal,
otro provocan un incendio y mañana podrían terminar debajo de un vehículo o
causar una tragedia mayor.
Por / Cesarin Leonardo Febles M. A.
Edward Arroyo llamó recientemente la atención sobre el
incendio provocado frente a la tienda de los chinos ubicada junto a Yinny
Muebles y próximo al Banco Agrícola. La situación obligó a intervenir a los
bomberos y al 9-1-1.
Lo mismo ocurre cuando aparece un cristal roto, una
propiedad afectada, una discusión en plena calle o una persona desorientada
caminando entre vehículos. Se comenta el hecho, alguien graba un video, llegan
las autoridades y luego todos seguimos adelante.
Hasta que vuelve a pasar.
Las vemos diariamente.
Unas conversan solas. Otras duermen en espacios públicos.
Algunas reaccionan de manera imprevisible. Hay quienes se introducen en
negocios, alteran el tránsito o protagonizan situaciones que ponen en riesgo su
propia vida y la de terceros.
Y lo más preocupante es que nos estamos acostumbrando.
Hemos convertido en parte del paisaje algo que debería
obligar a actuar al sistema sanitario, a los organismos de asistencia social y
a las autoridades locales.
La Policía aparece cuando hay daños. Los bomberos llegan
cuando hay fuego. El 9-1-1 responde cuando la emergencia ya está ocurriendo.
¿Pero quién llega antes?
¿Quién identifica a estas personas, determina su condición,
localiza a sus familiares, garantiza medicación cuando corresponde y les da
seguimiento?
Ahí está el verdadero vacío.
No es razonable que la respuesta pública comience siempre
después de un cristal roto, un incendio o una llamada desesperada.
Tampoco basta con retirar temporalmente a una persona de la
calle para que pocos días después vuelva exactamente al mismo punto y en las
mismas condiciones.
Estamos hablando de salud pública, pero también de seguridad
ciudadana.
El Seibo tiene además una vulnerabilidad particular. Nuestra
ciudad recibe cada día un tránsito intenso de motores, vehículos privados,
autobuses y transporte pesado que se desplaza hacia Miches y otros destinos del
Este.
Una persona desorientada caminando de espalda en medio de ese flujo en la ciudad y las carreteras está permanentemente expuesta.
También están expuestos los conductores que intentan
esquivarla, los comerciantes cuyos establecimientos pueden resultar afectados y
cualquier ciudadano que coincida con uno de esos episodios.
No debería hacer falta una tragedia para entenderlo.
El reciente incidente en la iglesia Santísima Cruz tuvo
repercusión porque ocurrió frente a uno de nuestros principales símbolos
religiosos e históricos.
Pero probablemente mañana suceda algo parecido en una
esquina donde no habrá cámaras, obispo, gobernadora ni titulares.
Y ese es precisamente el problema.
En El Seibo llevamos demasiado tiempo viendo personas con
trastornos mentales caminar sin atención adecuada por nuestras calles. Lo que
falta no es descubrirlas. Las conocemos. Lo que falta es que alguna institución
asuma la responsabilidad antes de que el próximo titular no hable de daños
materiales, sino de una vida perdida.




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