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jueves, 24 de septiembre de 2026

Los vemos todos los días, pero nadie se hace cargo

El Seibo acumula episodios protagonizados por personas con trastornos mentales que deambulan por las calles. Un día rompen un cristal, otro provocan un incendio y mañana podrían terminar debajo de un vehículo o causar una tragedia mayor. 

Por / Cesarin Leonardo Febles M. A.

Unas ropas ardiendo frente a un establecimiento comercial. Bomberos corriendo a apagar el fuego. El Sistema 9-1-1 movilizado. Comerciantes y ciudadanos observando con preocupación. Días después, daños en la jardinería de la iglesia Santa Cruz.

Parecen hechos separados. No lo son.

Edward Arroyo llamó recientemente la atención sobre el incendio provocado frente a la tienda de los chinos ubicada junto a Yinny Muebles y próximo al Banco Agrícola. La situación obligó a intervenir a los bomberos y al 9-1-1.

Ese episodio apenas ocupó unas horas de conversación pública.

Lo mismo ocurre cuando aparece un cristal roto, una propiedad afectada, una discusión en plena calle o una persona desorientada caminando entre vehículos. Se comenta el hecho, alguien graba un video, llegan las autoridades y luego todos seguimos adelante.

Hasta que vuelve a pasar.

Estelita es uno de los rostros más conocidos de esta realidad, pero no es el único. Por nuestras calles circulan varias personas con aparentes trastornos mentales severos, algunas prácticamente abandonadas a su suerte.

Las vemos diariamente.

Unas conversan solas. Otras duermen en espacios públicos. Algunas reaccionan de manera imprevisible. Hay quienes se introducen en negocios, alteran el tránsito o protagonizan situaciones que ponen en riesgo su propia vida y la de terceros.

Y lo más preocupante es que nos estamos acostumbrando.

Hemos convertido en parte del paisaje algo que debería obligar a actuar al sistema sanitario, a los organismos de asistencia social y a las autoridades locales.

La Policía aparece cuando hay daños. Los bomberos llegan cuando hay fuego. El 9-1-1 responde cuando la emergencia ya está ocurriendo.

¿Pero quién llega antes?


¿Quién identifica a estas personas, determina su condición, localiza a sus familiares, garantiza medicación cuando corresponde y les da seguimiento?

Ahí está el verdadero vacío.

No es razonable que la respuesta pública comience siempre después de un cristal roto, un incendio o una llamada desesperada.

Tampoco basta con retirar temporalmente a una persona de la calle para que pocos días después vuelva exactamente al mismo punto y en las mismas condiciones.

Estamos hablando de salud pública, pero también de seguridad ciudadana.

El Seibo tiene además una vulnerabilidad particular. Nuestra ciudad recibe cada día un tránsito intenso de motores, vehículos privados, autobuses y transporte pesado que se desplaza hacia Miches y otros destinos del Este.

Una persona desorientada caminando de espalda en medio de ese flujo en la ciudad y las carreteras está permanentemente expuesta.

También están expuestos los conductores que intentan esquivarla, los comerciantes cuyos establecimientos pueden resultar afectados y cualquier ciudadano que coincida con uno de esos episodios.

No debería hacer falta una tragedia para entenderlo.

El reciente incidente en la iglesia Santísima Cruz tuvo repercusión porque ocurrió frente a uno de nuestros principales símbolos religiosos e históricos.

Pero probablemente mañana suceda algo parecido en una esquina donde no habrá cámaras, obispo, gobernadora ni titulares.

Y ese es precisamente el problema.

En El Seibo llevamos demasiado tiempo viendo personas con trastornos mentales caminar sin atención adecuada por nuestras calles. Lo que falta no es descubrirlas. Las conocemos. Lo que falta es que alguna institución asuma la responsabilidad antes de que el próximo titular no hable de daños materiales, sino de una vida perdida.

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